25.11.08

Una tarde con Borges


13.5.08

Circulos

Por Pilar Arroche.

“¿Le gusta ser modelo? ¡No! ¡Carajo!”- pensaba Esteban cuando veía a Catalina feliz con los flashes de la cámara de su padre. El gatillaba pero su mente con cada clic se iba más lejos, ya no importaba si su cámara hacia foco en el objetivo. Sólo una palabra aparecía en su cabeza: “¡NO!”.
Catalina ansiosa por sacarse fotos e inventar poses nuevas decía:” ¡Dale, papi!”, en su particular idioma mezcla de chino y castellano. Pero Esteban no escuchaba, o mejor dicho, los sonidos se hacían cada vez más lejanos. Empezaron a aparecer imágenes en su cabeza, como una proyección de diapositivas futuras que él no podía dominar. “Empezara llevando fotos a las agencias de esos proxenetas de traje Valentino, hasta que alguno de esos viejos babosos captará la belleza de mi hija. Ella, cada vez más presionada a alcanzar los requerimientos estipulados vaya a saber por quién, dejará de comer como debe, empezará a ir a esos eventos marketineros y empresarios amorales tentarán su cuerpo con miles de pesos. Le ofrecerán todo tipo de pociones “mágicas” para evitar sentir hambre y estar siempre dispuesta a asistir a esas fiestitas de muestra de ganado femenino. Caerá indefectiblemente a los mandatos del sistema; cada vez me escuchará menos y cada vez más seré el viejo boludo que no entiende nada de nada.”
El sólo hecho de pensar en todas esas cosas provocaba sudor frío en su cuerpo. La miraba y, cada vez más, veía en ella la encarnación misma del pecado. “¿Cómo salvaré a mi hija?”- una y otra vez aparecía como un cartel luminoso en su mente. Hacía terribles esfuerzos por volver a la escena familiar, a casa; pero su cabeza estaba allá, en lo que él creía que sería el destino de Catalina. Aunque parezca exagerado él empezó a ver en ella una mezcla de vida y muerte.
De repente escucha un murmullo lejano: “Dale Esteban, ¡apurate que llegamos tarde!”. Era Sandra, la cómplice de la existencia de Catalina: “Dejà esa cámara y vamos…llegamos tarde para el evento”. Entonces Esteban guardó su cámara, hizo upa a Catalina y con cierto gesto de preocupación tomó las llaves de su AUDI 0km. que la firma le regaló por la eficiencia en la organización del lanzamiento de su último modelo en el mercado.

30.3.08

Atemporalidad

Por Claudia Marengo

Se despertó sobresaltado. No oyó el despertador. ¡Le jodía tanto quedarse dormido! ¡Justo hoy, 30 de diciembre, día de balance!
Igual, levantó el diario tirado bajo la alfombra y se preparó un desayuno rápido.
Se sentía raro, distinto. Una impresión extraña salía del medio de su pecho y lo abarcaba. ¡Pero no tenía tiempo para pensar pavadas!
Se puso la ropa que, con detalle, había preparado la noche anterior. Abotonó su camisa, deslizó el pantalón cuidadosamente planchado y se zambulló (esta vez con mucha prisa) en el ritual cotidiano de anudarse la corbata.
Pensó que no podía dejar de hojear el diario. Un hombre como él, debía salir a la calle informado.
Estaba furioso. En los últimos diez años, nunca había llegado tarde a la oficina.
Sin poder abandonar esa desconocida sensación que le anudaba la garganta, abrió el diario en su primera página.
¿17 de mayo de 1973? ¿Qué es esto?
Siguió recorriendo cada una de las hojas, atónito, sin poder salir de su perplejidad: 20 de julio de 1903; 9 de octubre de 2010; 11 de febrero de 1971; 3 de abril de 2022. ¿Todo esto, era real?
Confundido, volvió sobre sus pasos y rehizo en su cabeza todo lo sucedido esa mañana. Desanduvo minuciosamente cada acción realizada.
El diario, las fechas misteriosas, la sensación de atemporalidad. El vestidor, su pantalón azul y la camisa a rayas, el nudo de su corbata. La cocina, el té, las tostadas. El cepillo de dientes, su cara en el espejo del baño. ¿Su cara en el espejo del baño?
Un aire distinto se respiraba esa mañana. El camino hacia el dormitorio se hizo eterno. Mientras se acercaba, lo iba inundando una luz tenue. Al llegar, la luz lo encegueció. ¿Quién dormía sobre su cama?
Respiró profundo, se acercó aún más para que la luz no lo encandile y se descubrió. Su cuerpo yacía bajo las sábanas, inerte.
Un cuerpo que aunque todavía sentía, ya no era parte suya.
Un cuerpo que ahora era sólo un trozo de carne inanimada.

15.12.07

Presentación "Desde el taller"


13.11.07

Carta de un hijo desaparecido

Por Elvira Mayo

Querida mamá:
Hace mucho tiempo que quería escribirte esta carta pero esperaba encontrar las palabras justas para que comprendieras lo que necesito decirte.
Estoy muy bien aquí. Este es un lugar indescriptible por su belleza. Los pájaros no huyen de mí, por el contrario, se posan mansamente en mis manos porque no saben de jaulas y de armas.
Aquí no hay noches de encapuchados y autos verdes, ni días de bombos y estandartes rojos. No hay colores que nos separen y no conocemos el olor a la sangre y a la pólvora. No hay botas ni ponchos. A nadie se le prohibe expresarse, pero no hay necesidad de hacerlo porque todos sabemos y respetamos lo que quiere el otro. No tenemos rejas ni llaves, no existe el tiempo ni el dinero.
Mamá quiero que sepas que no vivo en la pobreza por la falta de tantas cosas a las que estaba acostumbrado a tener cuando vivíamos juntos.
Sé que es difícil de entender que te diga que estoy bien, cuando sé lo que has sufrido por mi ausencia. Sé de tu dolor de cada día sin regreso, de tu regazo vacío, de tus deseos de caricias sobre tus primeras canas, de la angustia de ver mi cuarto con la cama sin deshacer. Sé que todo está intacto allí, mis juguetes, mis libros, mis discos, mis fotos. Te sentías tan orgullosa de mí porque aquel año terminaría mi secundaria para comenzar la carrera de arquitectura.
Mamá aún así, debo decirte que aunque me extrañes, no voy a volver. Quiero que me recuerdes pero que no me llores, porque eso sí me pone triste. Me enseñaste desde chico a ser fuerte y valiente y por sobre todo a ser fiel a mis ideales, entonces, no me llores.
Te pido que ayudes a todas las madres que han vivido la misma cruz. Invítalas a construir en la paz, a hacer del dolor un aprendizaje, a perdonar a los monstruos que nos usaron de escudo en el campo de batalla. Enséñales a comprender que desde el rencor no se cosechan frutos, sino que se siembra más odio.
Mamá vos podés ser la arquitecta de un mañana sin lágrimas, sin censuras ni prisiones.
¡Si supieras qué bien estoy aquí!.. Cuando llegué me despojaron de mis ropas ensangrentadas y me vistieron con el traje de la libertad que solo da el Bien eterno. Sin el sufrimiento no hubiese conocido el Amor absoluto.
No te pido que vengas pronto, deja que te traigan. Naciste como todos para cumplir una misión y como aquí no existe el ayer, el hoy o el mañana, te estaré esperando siempre.
Besos de tu hijo que te amó desde el ideal y hoy te ama desde la sabiduría que da Dios.
N.N.

11.9.07

El gallinero

Por Juan Rojas

La historia que relataré a continuación está situada en la ciudad de Rawson, provincia de Buenos Aires. Un pueblo con 8.000 habitantes; un pueblo donde se siente el olor a campo, a girasol, a trigo, a cerdo, a bosta de caballo y a excremento de gallina.
La gallina, el gallo y los pollitos son los protagonistas de esta historia.
Situémonos un poco más en el escenario de esta fábula. El gallinero está ubicado en la casa de campo de la familia Barrios. La casa es muy vieja, tiene casi 100 años, se encuentra más o menos a unas 15 cuadras de la capillita, del almacén, de la escuela, del destacamento policial (que sólo hay dos oficiales), de la plaza que tiene tres hamacas y un sube y baja viejísimo, pero bueno, sigamos con los protagonistas.
La gallina -la abuela podríamos decir- tiene varios años; el gallo, su yerno, se casó con su hija la menor, y el muy desgraciado se la llevó a vivir a otro lugar, no sabemos donde. Este matrimonio les dejó seis pollitos a la gallina abuela quien se hizo cargo sin problemas.
En el gallinero de la familia Barrios hay ocho gallinas más que no tienen ninguna relación con ésta; y dos gallos nuevitos, pintones, bien parados, malos, nadie los mira, siempre están aislados de todas las gallinas y de los pollitos, dicen que de noche son terribles, así cuentan las malas lenguas.
El pollito preferido de la gallina mayor se llama Titito, es muy responsable, le gusta levantarse temprano, eso sí, lo tiene que despertar la abuela, es cariñoso y se relaciona con todas las gallinas y con sus hermanos, en el gallinero es muy querido.
Tal es así que el dueño del gallinero se encariñó mucho con Titito. A tal punto que decidió regalar los gallos a un cuñado y dejó crecer a Titito hasta que se convirtiera en un gallo con todas las letras así podía dejarlo a cargo del gallinero.
Titito creció y logró ser muy responsable, y para el señor Barrios era vital el canto de este gallo todas las mañanas.
Hasta que una mañana Titito falló. Dicen las malas lenguas que se fue de parranda a un gallinero vecino, le habían comentado que venían unas gallinas nuevas, jovencitas, lindas y un poco vagas, así que cuando todo el gallinero estaba durmiendo, se baño, se cambió y salió muy despacio hacia el otro gallinero.
A la mañana siguiente Titito no se despertó y el señor Barrios perdió la camioneta que llevaba a sus hijos a un acto escolar importante en la ciudad de Chivilcoy. Para que…
La abuela cuenta que este señor entró furioso al gallinero, agarró a Titito de la cresta, lo cargó en la bicicleta y nunca más se supo de este gallo.
-Lo extraño, pero se portó muy mal, espero que algún día vuelva a liderar este gallinero. Relató la abuela.

2.8.07

Un relato que nunca terminará

Por Maximiliano Gesteyra.

Sus labios se detuvieron en el labio inferior de Julia. Mordió la delgada piel que lo cubría hasta que comenzó a sangrar.

Ella mansa como un cordero obediente, solo se estremeció al romper en sangre y dejó que Andrés bebiera y se emborrachase con ella.
Él, suave como un pétalo de seda, bebió incansablemente hasta palidecer la noche.

Sus miradas corrieron por toda la habitación en que se encontraban, y deteniéndose ambas en un mismo punto e instante se hallaron. El amor que aquellas miradas expresaron no es capaz de ser descrito en texto alguno.
Bebieron litros incontables de miradas, de vuelo de pájaros y de almas, en ese instante en que se encontraron.

Su mano - la de Andrés -, que ya vida propia tenía, corrió tímidamente a acomodar su pelo - el de Julia - detrás de su oreja, y al volver acarició su rostro, con la suavidad de la brisa.

Él suspiró y ella su suspiro respiró. El aire que en él había estado, ahora estaba en ella. ¿Cómo dejarlo escapar? Nunca antes había estado tan cerca de él. Pues no se pudo contener. Se acercó a su boca y lo regresó.

Ella volvió a mirarlo. Él con su mirada detenida en su boca, soñaba e imaginaba a sus futuros hijos; pero fue interrumpido cuando una mano fina y delgada se posó sobre su mentón levantándole la cabeza. Sus miradas se volvieron a trenzar una vez más.

Se acercaron. Se olieron. Mezclaron sus labios hasta no saber a quién pertenecían. Se estremecieron. Sonrieron. Soñaron. Olvidaron que un mundo los rodeaba. Solo ellos y su intimidad.

Entrelazaron sus manos y elevándolas a lo alto lograron tocar el cielo.
Eran gigantes. A sus pies, diminutos, casi invisibles, veían guerras, vanidades, dinero...

Sus corazones galopaban incansables cada vez con mayor velocidad. Sus pechos estallaron derramándose y empapándose ambos de amor y sudor.

De los ojos de Andrés comenzaron a caer lágrimas que Julia bebió.
Sus pulsos se aceleraron. Él seguía llorando y ella bebiendo. Se apaciguó. Volvió a besarla. Lo besó.

Ella poco a poco comenzó a hincharse. Crecía. Incansablemente crecía. Él la observaba con ojos conmovidos. Cesó de crecer. Una luz brillante y cautivadora surgió de ella. Un dolor placentero se apoderó de Julia que no cesaba de derramar lágrimas que ahora Andrés bebía. La luz se desvaneció. Se vieron rodeados por un ambiente cálido y de bienestar.

Se abrazaron. Cantaron, y los tres se durmieron.